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El facho de al lado

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Nace un nuevo Brasil. El próximo presidente, el ex militar Jair Bolsonaro, logró ganar los comicios blandiendo un programa extremo, ultraliberal en lo económico y segregacionista en lo cultural. ¿Hay margen para seguir profundizando el ajuste y en alineamiento con los EE.UU. tras la feroz reforma antilulista ejecutada por Michel Temer? ¿Desplazará Bolsonaro a Macri como el principal interlocutor de Trump en el Cono Sur? ¿Podrá el nuevo presidente implementar un modelo de censura y persecución aún no visto en el siglo XXI en América Latina? Opina Frei Betto: “Será un gobierno terrorista”.

 
 

El número, 55, resuena con fuerza. Jair Bolsonaro, un ex capitán del Ejército que venía orillando los margenes del sistema político representativo brasileño, será el 42 presidente de Brasil tras ganar en segunda vuelta al candidato del Partido de los Trabajadores Fernando Haddad con el 55% de los votos. Podrá aducirse, claro, que un quinto del padrón electoral del vecino país no se pronunció, ya sea faltando a la cita o votando de forma nula o blanca, en la segunda vuelta electoral. Pero, lo cierto, es que un dirigente proveniente de una fuerza política experimental, el Partido Social Liberal, y con un saco de ideas certeras en lo económico -más ajuste y alineamiento con los Estados Unidos al establecido por Michel Temer- y muy agresivas hacia el cuerpo social de Brasil que es minoritario en poder pero mayoritario en población. Es decir, enarbolando un discurso de odio y furia hacia los negros, las mujeres, el pueblo organizado, los homosexuales, los indios. Bolsonaro, su voz, fue durante mucho tiempo una referencia que causaba escalofríos y tensaba el cuerpo. Hoy, en unos meses, esa amenaza que fue rodeando al gobierno como una sombra, primero desde lejos, y después cada vez más cerca, será poder y gobierno. Tendrá bastón de mando.

Días atrás, el economista y politólogo argentino Eduardo Crespo, quien reside en Río de Janeiro, comentó en sus redes sociales el asombro que le causó un acto de apoyo a los candidatos locales del entrante oficialismo brasileño. Crespo subrayó el incendiario discurso de la gente de Bolsonaro contra “las mentiras de la red O Globo” y la particular arrogancia de la militancia del nuevo presidente de Brasil cuando grita a voz en cuello en la calle que ellos combatirán “a los poderosos del país”. “Hubiera jurado que era una manifestación de la izquierda”, concluyó Crespo en su breve pero interesante rescate de la contrariada y febril mística de la ascendente ultraderecha vecina.

El escritor y teólogo Frei Betto, fundador del Partido de los Trabajadores y coordinador del programa social Hambre Cero, que fue gestado durante el primer mandato de Lula, tiene una voz clara. Su dicción en castellano es bastante limpia. Comenta, al inicio del diálogo con Nuestras Voces, que acaba de terminar en la ciudad de Natal donde reside dos piezas editoriales: el libro “Por una educación crítica y participativa” y una cartilla de divulgación masiva sobre orientación sexual, contra la homofobia, y a favor de la diversidad de género.

Nuestras Voces pregunta a Frei Betto en cuánto podrá asemejarse la futura administración de Bolsonaro con el largo ciclo dictatorial brasileño. “Yo aventuro un gobierno terrorista. Un peligroso gobierno terrorista. ¿Por qué digo eso? Porque Bolsonaro podría legitimar, basado en su respaldo democrático, aunque sea de forma tácita, la cacería de brujas contra los líderes de los movimientos sociales. No perdamos de vista que Bolsonaro, como pilar de su política de seguridad, podrá regularizar a las milicias. Esos escuadrones paramilitares (sospechados de ser responsables del asesinato de la concejala del PSOL Marielle Franco), formadas por soldados retirados, hoy controlan el comercio en las zonas más pobres de las ciudades. Entonces, Bolsonaro va a dar carta blanca a esa gente. Y eso sí que es peligroso”, contesta el autor de Fidel y la religión.

Augusto Taglioni, quién cubrió las elecciones desde la ciudad de San Pablo para el interesante portal Resumen del Sur, habló con Nuestras Voces apenas oficializado el resultado del balotaje. Taglioni, columnista en la revista capitalina Kamchatka, comenzó describiendo a las dos directrices económicas que estarán en disputa durante el mandato de Bolsonaro: “Los mercados respiran tranquilos. Igual, el mercado como suele decirse, confía más en (Paulo) Guedes -formado en la ultraortodoxa Escuela de Chicago, una voz económica que encuentra en Argentina al mediático Javier Milei como representante- que en Bolsonaro. En cambio, si se impone cierta línea militar en el diseño económico -reacia, se supone, por ejemplo a la extranjerización total de la Amazonía-, la tensión interna aumentará”.

A su vez, Taglioni subraya que el Poder Judicial también, quizás en un mismo renglón de influencia que la familia militar, tendrá su lugar en la mecha chica del entrante gobierno de Bolsonaro. “La Justicia jugó fuerte en todo el último proceso electoral: por ejemplo, y eso se vio durante la etapa previa al balotaje, los jueces habilitaron allanamientos violentos a las universidades donde los estudiantes se congregaban para alertar sobre el riesgo democrático e institucional que implicaba la   victoria de un candidato con pronunciadas declaraciones fascistas”.

A propósito, la sorprendente victoria de un dirigente arropado con valores xenófobos y en contra de las minorías sexuales ha puesto en el centro del debate el uso de un término, el fascismo, que en el conversatorio público estaba más emparentado con la chicana o la exageración para ridiculizar a un adversario. En ese sentido, el historiador y fundador de la central sindical brasileña CUT Valerio Arcany publicó en la revista Fórum una interesante disquisición sobre la etiqueta política mencionada y advirtió que, según su perspectiva, Bolsonaro es un dirigente neofascista. Suena parecido, pero es, sostiente Arcary en términos contextuales, muy diferente a lo que implicó el movimiento reaccionario europeo del siglo pasado.

“El neofascismo en un país periférico como Brasil no puede ser igual al fascismo de sociedades europeas de los años treinta. En primer lugar, porque no responde al peligro de la revolución. Responde a la experiencia de sectores de la clase media durante los catorce años de gobiernos de colaboración de clases del PT, y al estancamiento económico y regresión social de los últimos cuatro años, la mayor de la historia contemporánea. El antipetismo de los últimos cinco años es la forma brasileña de anti izquierda, anti-igualitarismo, o anticomunismo de los años treinta. No fue una apuesta del núcleo principal de la burguesía contra el peligro de una revolución en Brasil. Hasta hace pocas semanas la inmensa mayoría de la burguesía apoyaba a Alckmin. Bolsonaro es un caudillo. Su candidatura es la expresión de un movimiento de masas reaccionario de la clase media, apoyado por fracciones minoritarias de la burguesía, ante la regresión económica de los últimos cuatro años”, puntualiza Arcary.

Argentina y Brasil

El gobierno argentino, los arquitectos de su política exterior, festejan sin mucha algarabía el triunfo de Bolsonaro. Durante el interregno de Michel Temer, las cabezas decisorias de los pequeños nichos que conforman, tomando la metáfora cambiemita, el circulo rojo latinoamericano demoraron cualquier tipo de inversión, ya sea financiera -si el calculo estaba hecho por un fondo especulativo- o diplomática -en caso de que el análisis partiera de un canal institucional multilateral- a ver concretado el resultado de la elección presidencial de octubre.

Esa duda ya está despejada. Brasil, la primer potencia económica latinoamericana, será gobernada por un líder político peculiar: un dirigente que toma la narrativa aperturista y antiestatal de los CEO, en eso el Jefe de Estado argentino lo emparda, pero condimentado con la pimienta anticomunista del Comando Sur. Jair Bolsonaro no delega, como lo hace Macri con su ministra de Seguridad Patricia Bullrich, su adhesión plena a las tesis de cacería social que enarbola el principal enlace diplomático de Washington con el sistema interamericano. El profesor y experto en relaciones internacionales Juan Gabriel Tokatlian suela marcar esa salvedad, el mayor protagonismo del Comando Sur -parte del Pentágono- por sobre el Departamento de Estado en la ejecución de  la hoja de ruta vincular entre EE.UU. y América Latina, para remarcar que la agenda de seguridad y defensa tiene mayor apetencia para Estados Unidos, por sobre el entendimiento comercial, como marco de diálogo con los países del sur.

Hasta el momento, es decir durante el lapso donde los primeros años de mandato de Mauricio Macri presidente coincidieron con la gestión post golpe parlamentario de Michel Temer, Buenos Aires fue una plaza mucho más atractiva que Brasilia para que los halcones del Comando Sur y la agencia anti-narcóticos DEA pautaran acuerdos de cooperación o establecieran directamente bases de operación. Ahora, con Bolsonaro en el poder, ¿Volverá Brasil a ser el país pivote con el que Estados Unidos delinea, marca y proyecta su ascendencia sobre la región?

 

 
 

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